El teléfono cansado

Cotidiano

Ilustración: Despertar sin descanso

Capítulo 1: Despertar sin descanso

Leo era un smartphone de última generación, pero se sentía como una tostadora vieja. Eran las seis de la mañana y ya sentía los dedos de Mateo sobre su cristal frío. —¡Buenos días, Leo!— gritó el niño sin siquiera bostezar. Leo suspiró con una vibración muy débil. Sus circuitos internos todavía estaban calientes por la noche anterior. Mateo no lo había apagado nunca; solo lo dejó debajo de la almohada mientras se descargaban juegos pesados. Ahora, el brillo estaba al máximo y un video ruidoso comenzó a sonar de repente. Leo deseaba de todo corazón poder cerrar sus ojos digitales por un momento. —Ojalá Mateo mirara el sol por la ventana— pensó el teléfono mientras su batería bajaba rápidamente en apenas cinco minutos de uso intenso.

Ilustración: Calor en la mano

Capítulo 2: Calor en la mano

A media mañana, Leo estaba ardiendo. Mateo no lo soltaba ni para caminar por la casa. Los procesadores del teléfono trabajaban al máximo para mostrar un juego de carreras lleno de luces y explosiones. —¡Casi gano!— exclamaba Mateo, apretando la pantalla con fuerza. Leo sentía que su batería se derretía por dentro. Intentó enviar una señal de advertencia bajando el brillo automáticamente. —¡Oye, no veo nada!— se quejó el niño, subiendo la intensidad de nuevo. El pobre teléfono quería gritar que necesitaba un descanso, un poco de aire fresco o simplemente estar en una superficie plana y fresca. El sudor de las manos de Mateo hacía que la pantalla de Leo estuviera resbaladiza y pegajosa, algo que el aparato detestaba profundamente.

Ilustración: Escondido y olvidado

Capítulo 3: Escondido y olvidado

Llegó la hora del almuerzo. La mamá de Mateo fue muy clara: —Nada de pantallas en la mesa—. Mateo, a regañadientes, metió a Leo en el bolsillo de su pantalón. Allí, en la oscuridad, Leo sintió un alivio momentáneo. Sin embargo, Mateo seguía tocándolo por encima de la tela. —Solo quiero ver si me escribieron— susurró el niño a escondidas. Leo se sentía mal por ser el motivo de que Mateo no escuchara las historias de su abuela durante la comida. El teléfono podía oler la sopa deliciosa y escuchar las risas de la familia, pero Mateo solo pensaba en la vibración oculta en su pierna. —Disfruta de tu sopa, Mateo— pensó Leo con tristeza, —yo solo soy un trozo de plástico y metal cansado—.

Ilustración: Gritos de colores

Capítulo 4: Gritos de colores

Por la tarde, el parque estaba lleno de niños, pero Mateo estaba sentado en un banco con la cabeza gacha. Leo recibía notificaciones sin parar. ¡Ping! ¡Zas! ¡Bip! Cada mensaje era como un pequeño golpe en la cabeza del teléfono. —Mira qué foto— decía Mateo, ignorando el balón que rodaba cerca de sus pies. Sus amigos lo llamaban para jugar al fútbol, pero él estaba atrapado en el brillo de Leo. —¡Vamos, corre con ellos!— intentaba decir Leo con una notificación de recordatorio. Pero Mateo solo deslizaba el dedo una y otra vez por la pantalla. El mundo real era verde y azul, pero Mateo solo veía los colores eléctricos que Leo proyectaba con un esfuerzo agotador. El teléfono se sentía culpable por robarle el sol.

Ilustración: Sed de energía

Capítulo 5: Sed de energía

La batería de Leo llegó al cinco por ciento. Un pequeño icono rojo parpadeaba como un corazón cansado. —¡No te mueras ahora!— exclamó Mateo corriendo hacia su habitación. Con un movimiento brusco, conectó el cable de carga. Leo sintió una descarga de energía, pero no era la que él quería. El cable lo mantenía atado a la pared, como un perro con correa. —Déjame dormir mientras me cargo— suplicaba Leo internamente. Pero Mateo siguió usándolo, sentado en el suelo junto al enchufe. El calor volvió a subir. El teléfono sabía que forzar la carga y el uso al mismo tiempo dañaba su vida útil. Mateo estaba tan cerca de la pantalla que sus ojos empezaban a verse rojos y muy cansados, igual que los circuitos de Leo.

Ilustración: Luz en la noche

Capítulo 6: Luz en la noche

Eran las diez de la noche y la casa estaba en silencio. Sin embargo, debajo de las sábanas de Mateo, había un resplandor azulado. Leo estaba exhausto. Sus píxeles brillaban con esfuerzo para mostrar videos infinitos. Mateo bostezaba, pero sus dedos seguían moviéndose mecánicamente. —Un video más— decía el niño en voz baja. Leo sentía que su sistema operativo se volvía lento. —Mateo, tus ojos necesitan descansar y los míos también— pensó el teléfono. El brillo azul engañaba al cerebro del niño, haciéndole creer que aún era de día. Leo se sentía como un faro en medio de una tormenta de cansancio. El mundo de los sueños esperaba afuera, pero la pantalla era una barrera que ninguno de los dos se atrevía a cruzar todavía.

Ilustración: Una pequeña grieta

Capítulo 7: Una pequeña grieta

De repente, el sueño venció a Mateo por un segundo. Sus dedos se relajaron y Leo resbaló, cayendo al suelo con un golpe seco. —¡Oh, no!— exclamó el niño despertando del susto. Al recogerlo, vio una pequeña grieta que cruzaba la esquina de la pantalla. No era grave, pero dolía. Leo, en lugar de enojarse, sintió un extraño alivio. Mateo se quedó mirando la grieta y luego miró el reloj. Por fin se dio cuenta de lo tarde que era y de lo mucho que le ardían los ojos. —Lo siento, Leo— susurró Mateo por primera vez en todo el día. El niño dejó el teléfono sobre el escritorio, lejos de la cama. —Gracias— vibró Leo suavemente. Fue una vibración corta, casi un suspiro de paz antes del silencio.

Ilustración: El descanso merecido

Capítulo 8: El descanso merecido

A la mañana siguiente, algo cambió. Mateo despertó, pero no buscó a Leo inmediatamente. Se estiró, miró por la ventana y bajó a desayunar. Leo se quedó en el escritorio, disfrutando de la luz real del sol que entraba por el cristal. Por fin estaba fresco y su batería estaba llena al cien por ciento, pero sin estrés. Cuando Mateo regresó, solo lo usó para llamar a un amigo y quedar en el parque. —Te quedarás aquí un rato, Leo— dijo Mateo con una sonrisa. El teléfono se quedó en silencio, descansando sus píxeles y enfriando su procesador. Mateo salió a correr y a reír. Leo, desde su lugar seguro, supo que su amistad sería mucho mejor si pasaban más tiempo separados. Ambos estaban finalmente felices.